miércoles, 27 de agosto de 2008

Lechosa para cicatrizar

Si me ponen a elegir, preferiría el olor del romero en cualquier especie que un trozo de fruta acuosa cual presume de lactosa porque la nombran. Romero me dijo que no, que es incomparable, que ni crua ni cociná que mis comparaciones le causan risa y lo llevaban a analizar mis reacciones ante cualquier expresión que tuviera. No se si era santa de su devoción, pero nunca lo vi como a un Dios, y terminaba siendo inconsecuente por acertar en lo mejor para hacer. Tampoco niego que su olor (ayyyyy Romero!) me cautivara y por defecto permitía que estuviera cerca de mí, pudiendo así tocar el cuerpo de su aroma, la esencia del ser, de lo que es. Tal vez, el o ella me hicieron alejar de todo, retornando con nuevo interés hacía mi, pero a ningunos quise, y os juro que ahora estoy mejor. Es más bruto que la pata de un buey diría mamá y, yo corroboro no pensando en lo que ella justifica sino en lo que sentí, porque después me dolió la vida alguna vez. Sentí rabia de mi, culpa, mal querencia, y hasta vergüenza ajena. Utilicé mi ingenio para no seguir así, mil cosas que ocupan mi espacio, otras mil que esperan por mí. No tenía tiempo pero, las noches, y tarde en la madrugada fueron mis mejores aliadas para que el olor de Romero tuviera sabor desde el viernes hasta el jueves, pero siempre cuatro por semana.

No hay comentarios: